(2013)
Rafael Rey Rey
En artículo publicado en El Comercio del 2 de marzo, mi amigo Alfredo Bullard hizo profesión de fe relativista. Aunque me apena su alejamiento de la Iglesia Católica, tiene derecho a hacerlo. A lo que no tiene derecho es a atacar a la Iglesia, a lo largo de todo su artículo, afirmando inexactitudes sin tener en cuenta circunstancias históricas ni rectificaciones científicas del clero, en viejos tiempos de confusión.
Alfredo defiende el relativismo y la subjetividad moral frente a la moral objetiva que enseña la Iglesia. Se basa en la afirmación de que “todo es relativo”. No percibe su propia contradicción pues si, como dice, “todo es relativo”, estamos ante dos posibilidades: o su afirmación pretende ser una “verdad” no relativa y por ello la afirma como tal (con lo cual su tesis se hace añicos), o la misma afirmación es relativa y, por tanto, no puede afirmarla como “verdad”. Estimo a Alfredo pero, en estos asuntos, prefiero fiarme de la autoridad del Creador que nos ha revelado la Verdad sobre Él y sobre el hombre.
¡Qué paradoja! Confiamos en las instrucciones de un artefacto eléctrico y las seguimos al pie de la letra para que funcione bien, pero hay quienes no quieren conocer y menos confiar en la “información e instrucciones” del Creador, escritas para el bien de sus criaturas. El ser humano se rebela contra su Creador y sus normas morales, pretendiendo establecer las propias. Ya conocemos el resultado.
La doctrina moral católica es objetiva y no relativa. Forma parte del depósito de la fe que Jesucristo, Dios y hombre a la vez, confió a su Iglesia para que la guarde (por eso no puede cambiar) y la enseñe. Nadie puede obligar a otros a seguir esa doctrina, pero nadie tiene derecho a burlarse de ella.
El Papa Emérito, Benedicto XVI, ha sido incansable defensor de la fe, y declaró como “Año de la Fe”, el periodo que va de octubre pasado hasta noviembre del presente año.
Debajo del artículo de Alfredo, que es abogado, apareció otro, de Luis Millones, que es historiador. Millones profesa fe en los curanderos del norte peruano y, como Bullard, ataca gratuitamente a la Iglesia católica. La
ignorancia, dice el diccionario, es la ausencia de conocimiento debido. Un abogado y un historiador no tienen por qué conocer la dogmática ni la moral cristianas. Lo llamativo es que se atrevan a escribir de teología sin conocerla.